PARÁBOLA DE LA CIUDAD DISTANTE,
Morris Venden.
Fuimos hacia los ventanales de ese piso para mirar hacia abajo,
hacia las calles. Parecía que había una distancia como de unos 10.000
kilómetros hacia abajo, y mientras yo seguía mirando, el millonario se volvió
hacia mí diciendo: "Tengo una proposición que hacerle. Quiero regalarle un millón de dólares"
($ 400.000.000). Bueno, si alguien puede
regalar un millón de dólares es ese hombre.
El no era tan rico como J. D. Rockefeller, pero cuando murió, tenía una
fortuna de unos dos billones de dólares.
De paso, ¿saben cuánto tiempo requeriría ahorrar la cantidad de dinero
que tiene Rockefeller? Si yo depositara
en un banco US$1.000 ($ 400.000) todos los años, necesitaría dos millones de
años para llegar a esa cantidad, ¡y eso es demasiado tiempo!
Quizás se interesen también en este detalle de información. Uno de esos
sheiks (jefes) que viven en Arabia Saudita y que tiene negocios de
petróleo, gana hasta dos billones de dólares cada 30 días!
Bueno, yo seguía allí en lo alto del edificio mirando para
abajo. Me gustó la idea de tener un
millón de dólares, ya que había estado deseando comprarme un auto nuevo, quizás
uno de esos Mazdas, o quizás un Toyota y mientras pensaba en el millón de
dólares y me imaginaba a Susi al volante, le dije al millonario: "¡Ah,
si! ¡Me interesa!" Y él me contestó
: "Sin embargo, hay dos condiciones. La primera es que tendrás que gastar ese
millón de dólares en el lapso de un año".
Bueno, hubiera preferido poder gastarlo en un período de tiempo
más largo, pero si esa era la condición, la aceptaría.
El añadió : "No importa en qué lo gaste, puede comprar todo
lo que quiera, e ir dondequiera. Sin
trabas ni regulaciones. Puede
viajar. Comprar embarcaciones y aviones,
cualquier cosa. PERO TIENE QUE GASTARLO
TODO EN UN AÑO". Y añadió: "Al final del año (la otra condición) se
encontrará conmigo aquí en este mismo lugar y tendrá que saltar desde este
lugar hacia la calle allá abajo".
Empecé a pensar lo que haría con el millón de dólares. Podría irme
a un lugar tan lejos que él nunca me pudiera encontrar, pero él me aseguró que
no había escapatoria. Yo moriría al final del año.
No tuve que pensar mucho, me volví hacia el millonario y le dije:
"Usted esta loco". Me di
vuelta, entré en el ascensor y empecé a bajar el edificio. Cuando llegué al piso 77, el ascensor se
detuvo. Yo seguía pensando en la proposición del millonario. NADIE SERIA TAN
ESTÚPIDO PARA ACEPTAR SEMEJANTE PROPOSICIÓN DE VIVIR SOLO UN AÑO MÁS, CUANDO
PODRÍA SEGUIR VIVIENDO FELIZ MUCHOS AÑOS MÁS CON UN SUELDO PROMEDIO. CUALQUIERA QUE ACEPTARA ESTA PROPOSICIÓN
SERÍA UN ESTÚPIDO, ¿NO ES CIERTO?
Mientras seguía bajando el ascensor, no podía pensar en nadie que
en sus cabales aceptara una oferta tal.
Bueno, como dije, llegué al piso 77, la puerta se abrió, y entró un
hombre vestido de blanco. Tenia los ojos
más penetrantes que yo había visto jamás.
La expresión de su rostro era muy amistosa, y al seguir bajando hasta el
primer piso, este personaje empezó a contarme acerca de una fantástica
ciudad. Yo nunca había oído hablar de
una ciudad semejante. Era tan grande que tenia el tamaño de toda Nueva
Zelandia. Tenía un río maravilloso, con
un enorme árbol que se extendía a lo largo de todo el río, con un tronco a cada
lado del mismo; tenia calles que parecían de oro. LO MAS MARAVILLOSO DE ESA
CIUDAD ES QUE EN ELLA NO SE VIVÍA UNOS SETENTA AÑOS, SINO QUE SE VIVÍA PARA
SIEMPRE.
Al seguir en el ascensor, llegamos al piso 66 de nuevo, se abrió
la puerta y entró un hombre vestido de negro. Usaba un gran sombrero que
parecía ocultar algo debajo, y sus ojos eran muy brillantes. Se paró en la esquina del ascensor mientras
seguimos bajando y escuchaba la descripción de esa hermosísima ciudad. Precisamente antes de llegar abajo, le dije
al hombre vestido de blanco: "¿A qué distancia queda esa ciudad?" Y
el me dijo: "A unos 105 trillones de kilómetros". "¿105 trillones de
kilómetros?" "Si". Luego añadió: "¿Te gustaría ir?" Y
yo le contesté : "Tengo que pensarlo".
Llegamos al fin al primer piso y el hombre parado en la esquina
del ascensor se me acercó y me dijo: "Yo también puedo contarte de una
fabulosa ciudad. Una ciudad fantástica, con una iluminación jamás vista. Sólo viéndola podrás creerlo. ¡Y donde la
gente se divierte verdaderamente!"
Yo le pregunté cómo se llamaba la ciudad, y él me contestó : "Las
Vegas". Yo le volví a preguntar: "¡A qué distancia se
encuentra?" "A cuatro horas", me contestó." ¿Te gustaría
ir?" Yo le contesté que si.
Así que el tipo me acompañó al aeropuerto a tomar el avión y
salimos para Las Vegas. ¡Cómo me iba a
divertir! Pero después de una o dos
semanas empecé a pensar que hay muchas cosas que son divertidas mientras duran,
pero no son eternas. Ese es el problema. Cuando oigo a personas que dicen con
cara larga que "no hay diversiones en este mundo", eso me hace
pensar. ¡No seamos tontos de pensar que en el mundo no hay diversiones! Las hay y en abundancia .
Pero nunca he conocido a nadie que no admita que las diversiones
existen mientras duran, y luego se acaba todo. ¿No es cierto? Yo lo he
descubierto, eso es todo lo que significa Las Vegas. Por todas partes hay quienes están tratando
de olvidar que las diversiones de ayer se acabaron. Tratando de olvidar que las
diversiones de ayer ya no existen. Y por si acaso no hay diversiones mañana ...
¡mejor aprovechar las de hoy!.
Un día iba pasando por un local de venta de autos en Las Vegas y
descubrí para mi sorpresa, que podía comprar el último modelo de auto deportivo
de Toyota con un dólar de adelanto y un dólar a la semana. Así que no tardé
mucho en encontrarme detrás del volante de uno de estos autos. Anduve quemando las calles de Las Vegas por
algunos días, y al paso del tiempo, todo empezó a tornarse aburrido. Entonces decidí : "Me voy de esta
ciudad; me voy a buscar un lugar mejor".
Así dejé la ciudad con todas sus luces y salí a la carretera. Llegué a las afueras de la ciudad y un aviso
me llamó la atención : ¡Efectivamente!
el letrero anunciaba la ciudad distante que me habían dicho que estaba a unos
105 trillones de kilómetros de distancia.
Me dije: "Allí es donde quiero ir. Me voy para allá aunque sea el
último lugar donde quiera ir".
Apreté el acelerador y corrí por la carretera y pronto descubrí que era
como viajar por una carretera de una sola vía y yo iba contra el tránsito. La
mayor parte del tránsito era en dirección contraria a la mía, hacia Las
Vegas. Era una hermosa carretera, con cuatro
vías sin divisiones en el centro, pero la mayor parte de los vehículos venían
por mi vía y yo tenía que ir por la misma orilla. Traté de ir a la velocidad
máxima cuando pasaba por el desierto, pero en esa parte del camino no podía ir
por encima de los 10 kilómetros por hora.
¡PERO A NADIE SE LE OCURRIRÍA VIAJAR 105 TRILLONES DE KILÓMETROS A ESA
VELOCIDAD!
Así que entré de nuevo cuidadosamente en la carretera y seguí mi
camino. Por varios días no pude ir a más de 10 kilómetros por hora. Esos enormes camiones constante y
deliberadamente seguían tratando de aniquilarme y me forzaban a salirme del
camino. Me di cuenta que debía haber una
enorme flota de estos enormes camiones, todas empeñados en mi destrucción.
Cierto día me encontraba descansando en la cuneta, después de haber sido
perseguido de nuevo por uno de esos enormes transportes, cuando sentí un
golpecito en la ventanilla, la abrí y ¡a que no adivinan quién era! El
personaje vestido de blanco que había conocido en el edificio Empire State. El
me preguntó : ¿Quieres que maneje en tu lugar? "Bueno", le contesté,
"estoy seguro que me estoy haciendo un lío con todo esto". El me aseguró : "Yo conozco esta
carretera". " ¿Si?", le respondí. Le abrí, me corrí en el
asiento y lo dejé en el asiento del chofer.
El cogió el volante, apretó el acelerador y salimos.
El tenía las mangas de la camisa enrolladas, y no podía dejar de
mirar sus brazos musculosos, así que le pregunte: "¿Qué trabajo ha estado
haciendo usted en toda su vida?" Me contestó : "He trabajado en un
taller de carpintería". Con eso, sacó el carro de la orilla y lo dirigió a
la pista de afuera y muy pronto estábamos viajando a 100 kilómetros por
hora. Las condiciones eran exactamente
las mismas de antes, yendo contra el tráfico, pero en esta ocasión, los
Cadillacs, los Mustangs, los Fords, los autobuses, y hasta los pequeños V. W.
trataban de empujarnos fuera de nuestra vía.
A cien kilómetros por hora en camino a la ciudad distante. ¡Apenas
podía creerlo! Empecé a sentir valor de
nuevo. Así pasaron varios días y entonces, en cierta ocasión, al doblar una
curva, de nuevo venía uno de esos enormes camiones cargado. No me atraía la
idea de seguir a 100 kilómetros por hora en dirección al camión, así que al
acercarnos más, salté de pronto de mi asiento y cogí el volante, y cuando lo
hice, mi amigo lo soltó inmediatamente.
¡Ahora yo estaba al mando de nuevo! Antes de chocar con el camión, le di
toda la vuelta al volante y caímos en la cuneta arrastrándonos, a 100
kilómetros por hora. Caerse en una cuneta a 100 kilómetros por hora no es nada
envidiable. Había piedras, polvo y
suciedad por doquiera. El auto se volcó. Nos golpeamos contra el terraplén. El
tapabarros quedó destrozado y mientras el polvo seguía cayendo, mi amigo me dio
una palmadita en la espalda y me dijo : "¿QUIERES QUE YO SIGA
MANEJANDO?" Yo le contesté: "Bueno yo no se si vas a poder manejar
esta cosa con los tapabarros abollados como están, y ni siquiera se si podrán
girar las ruedas". El me dijo: "Yo conozco esta carretera". Entonces salió del auto. NO SE COMO LO HIZO,
PERO EN POCOS MOMENTOS ME DI CUENTA QUE ERA UN EXCELENTE DESABOLLADOR. ¿Cómo
aprendió esto en una carpintería?
Descubrí que la batalla más fuerte que tenía que librar era la de
mantener mis manos fuera del volante. Apretaba el puño, me comía las uñas, me
inquietaba en el asiento, cerraba los ojos y los abría de nuevo. Tenía que aguantarme de mi inclinación
natural de coger el volante. En cierta ocasión mientras más nos acercábamos a
uno de estos camiones, y él iba en el volante, empezó a ir más rápido hasta que
íbamos a 120 Km. por hora, derecho hacia el camión. Pero justo en el instante
en que parecía que íbamos a chocar, el camión se cayó a la cuneta. NO LO PODÍA
CREER. Al instante mire al chofer del
camión, y, ¿a que no adivinan quién era?.
Tenía puesto un sombrero de copa alta y llevaba a su lado un tenedor de
hierro (creo que sería para cargar el heno). Al seguir nuestro camino a una
tremenda velocidad, yo quería gritar por la ventanilla: "¡DEBEN CONOCER A
MI CHOFER! ¡USTEDES, GENTE, NO SABEN LO QUE ES MANEJAR HASTA QUE VEAN COMO LO
HACE MI CHOFER!"
Yo quería gritarle esto a todo el mundo. ¡Pensar que mi chofer
podía resolver esta clase de problema!
Seguimos nuestro camino hacia la ciudad distante hasta un día en
que ... no se cómo explicarlo. En realidad, no tengo ninguna excusa que
presentar. Pero me aburría, me cansaba, quería un cambio. Una de las cosas de
las cuales me sentía más cansado era del esfuerzo constante que tenía que hacer
para no ocupar el asiento del chofer. Me di cuenta que eso exigía mucha fuerza
de mi voluntad PORQUE HABÍA VECES EN QUE YO QUERÍA MANEJAR. Cuando no venían
más camiones grandes, yo quería manejar.
Después de todo, era mío el TOYOTA. Y entonces un día, al seguir nuestro
camino, noté al lado de la carretera un parque de diversiones. Había muchísimas
cosas interesantes. Tenía casas de brujas, montaña rusa, trencitos, y muchas
cosas por el estilo, así que quería parar y divertirme un poco. PERO YO SABÍA
QUE HABÍA UNA SOLA MANERA EN QUE PODRÍA HACERLO. Tenía que pedirle a él el volante y entonces
podría hacer lo que quería. Así que le di una palmadita en la espalda y le
pregunté : "¿Puedo manejar?"
"Por supuesto que sí", me contestó. De hecho, él siempre me
dejaba manejar cuando yo quería hacerlo. Nunca se opuso a eso. Yo siempre tenia
el poder de elección de coger el volante CADA VEZ QUE QUISIERA. El se quitó del asiento, y yo cogí el
volante. Así pude ir más despacio hasta llegar a una velocidad moderada. Puse
la señal de doblar a la izquierda y salir de la carretera hacia el parque de
diversiones. Llegué a una curva hasta que el auto tropezó con algo y sin darme
cuenta de lo que pasaba, lo lancé por un precipicio.
Todo se puso negro, pero cuando volví en sí, herido y golpeado,
mirando hacia el cielo, noté que mi amigo estaba todavía a mi lado. De nuevo me
dio una palmadita y me pregunto: "¿Quieres que yo siga manejando?" Yo
le contesté : "Por cierto que estaba pensando eso mismo". Pero ¿cómo
podría él llevar el auto de nuevo a la carretera? El motor estaba destrozado. Pero pronto
descubrí que no solamente mi amigo era un excelente desabollador, sino también
un excelente mecánico y NO TARDO MUCHO EN PONER EL AUTO DE NUEVO EN LA
CARRETERA, y yo estaba contento de que él siguiera manejando .
seguimos nuestro viaje y un día le dije: "Permíteme manejar.
Estoy cansado de estar sentado" . El se quitó y yo cogí el volante. NO
VENIA NINGÚN CAMIÓN, todo estaba
tranquilo. Lo único que de vez en cuando nos pasaba en dirección a Las Vegas un
V.W. y uno que otro Toyota y algunos motociclistas. Y mientras seguíamos nuestro viaje y YO LO
ESTABA HACIENDO BASTANTE BIEN, al salir de una curva, ¡otro enorme camión
venía! Uno más de la flota. ¿Y SABEN LO QUE ME VINO A LA MENTE? "Has visto
como él lo hace, sabes exactamente como él lo ha hecho, no hay razón para que
no puedas hacer precisamente lo mismo". ASÍ QUE APRETÉ EL ACELERADOR HASTA
LLEGAR A LOS 120 KILÓMETROS POR HORA y dirigí el volante derechito al enorme
camión. El quiso llamar mi atención pero yo no le hice caso. Si él lo había
podido lograr, yo también lo lograría. YA SABEN LO QUE PASO. Hubo un tremendo
choque. Yo hubiera perdido la vida si no hubiera sido porque él seguía en el
auto conmigo. Así que tomé la determinación de invitarlo a que se quedara
conmigo en el auto todos los días, cada día, todo el tiempo. Pero aún así, no
podía vencer el deseo de seguir cogiendo el volante.
De nuevo, después del choque de frente, él arregló el auto, y de
nuevo nos encontrábamos en nuestro camino, y poco a poco empecé a aprender a
sentirme satisfecho de dejarlo al mando cuando venía algún camión al doblar una
curva, y aprendí a quedarme donde me correspondía. Y si por alguna casualidad
me encontraba alguna vez en el asiento del chofer y veía venir uno de esos
enormes camiones, siempre me deslizaba a un lado y dejaba que él cogiera el
volante.
Por eso siempre que venía un camión, él era el que estaba al
volante. Pero yo tenía la sensación de que podía manejar los V.W. y hasta las
motocicletas, pero entonces descubrí que los V.W., los autos pequeños y las
motocicletas eran tan peligrosas como los grandes camiones. Y así seguía la
vida. Poco a poco seguimos yendo por la
carretera hasta que llegamos a una encrucijada. La carretera de la izquierda
guiaba a un puente que conducía a un hermoso parque con piscinas y los jardines
más lindos que había visto en mi vida. A
la derecha conducía a un camino sucio, lleno de huecos, HUECOS ENORMES que se
veían por todas partes alrededor de la montaña.
¡Se imaginan la carretera que él escogió? Pues la carretera con
los huecos. Yo le dije: "¿Sabes a dónde vamos, verdad?" "Si, ya
he andado por este camino". "¿Viste la otra carretera a dónde
lleva?" "Si".
"¿Estás seguro que sabes a dónde vamos?" "Si". Así que me quedé en mi
asiento y nos dirigimos a ese camino y cuando estábamos ya subiendo la montaña
y habiendo él tenido cuidado de no caer en uno de esos tremendos huecos, miré
para atrás y pude ver algo al otro lado del hermoso jardín - enormes bocanadas
de humo que salían de camiones quemados, cargados de heno.
Entonces me dije a mí mismo: "Sí, el sabe dónde va. EL
SABE". Y mientras más nos acercábamos al tope de la montaña, más se iba
viendo una hermosa luz, una luz gloriosa que se reflejaba del otro lado de la
montaña. Y tuve la sensación de que esa brillante luz provenía de la ciudad
distante. Apenas puedo contenerme para
ver lo que hay al otro lado de la montaña. ¿Y tu?
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